domingo, 29 de junio de 2008

Lágrima Feliz

Limpié mis ojos, y ahí estaba…

El deseo: un insecto volátil sediento de aires rosas.



Abrí mis ojos y ahí estaba, todo desparramado sobre la totalidad…


El destello: un movimiento aislante de los plásticos duros.



Vuelven a ensuciarse, y nadie estaba…


El amor: la incandescencia del ave interior.



Ellos, los impuros (en su estado natural),


Nadie ya reniega del reflejo, nadie ya bendice sus pestañas con aguas filosas.

viernes, 27 de junio de 2008

miércoles, 25 de junio de 2008

Golosinas I

video

O.G. (Para la niña pájaro)


No se, me importa un pito que las mujeres tengan los
senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de
durazno o de papel de lija. Le doy una importancia
igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento
afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy
perfectamente capaz de soportarles una nariz que
sacaría el primer premio en una exposición de
zanahorias; ¡pero eso si! - y en esto soy irreductible-
no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan
volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que
pretenden seducirme! Está fue - y no otra- la razón de
que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Que
me importaban sus labios por entregas y sus encelos
sulfurosos? ¿Que me importaban sus extremidades de
palmípedo y sus miradas de pronostico reservado? ¡
María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer
volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a
la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres... ¡Con
qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de
algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido
entre las nubes, un puntito rosado. " ¡María Luisa!
¡María Luisa!...y a los pocos segundos, ya me abrazaba
con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a
cualquier parte. Durante kilómetros de silencio
planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como
dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja
muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Que
delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos
haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Que
voluptuosidad la de pasarse los días entre las
nubes...la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer a una mujer etérea, ¿puede
brindarnos alguna clase de atractivos una mujer
terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia
sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que
tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del
suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la
seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que
ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera
imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Laguna blanca, blanca... más blanca... Inexistente